Un subgénero literario imprescindible en el sistema educativo
NECESIDAD Y DEFINICIÓN DE LA LITERATURA
JUVENIL
Julián Montesinos Ruiz
Aunque lentamente, la Literatura Juvenil ha pasado de la minusvaloración e
invisibilidad en que se hallaba en los IES a ser una “presencia silenciosa”, un
corpus de lecturas del que no se dispone ni de planteamientos didácticos
rigurosos ni de un conocimiento profundo (sigue sin fructificar la opinión
antigua, y no por ello desfasada, de Juan Cervera, de incorporar en las
facultades de Filología el estudio de la LJ y su didáctica), con lo que la práctica
de la lectura acaba siendo una actividad escasamente evaluada y justificada en
las programaciones de los distintos departamentos (sigue, por lo general, sin
leerse en las aulas).
A nuestro juicio, hoy más que nunca es necesario utilizar como
instrumento fundamental para el fomento de la lectura la Literatura Juvenil, un
“subgénero” que permite no sólo una lectura lúdica en unos años cruciales para
formar el hábito lector, sino también una lectura didáctica, en la que tienen
cabida ciertas actividades favorecedoras del pensamiento crítico de los alumnos
y de otros beneficios que ya han sido revelados por ínclitos estudiosos. La LJ es,
por tanto, necesaria porque:
1. Contribuye a formar lectores, por medio de una programación
sistematizada y razonable de la lectura en los centros escolares.
2. Permite que los alumnos consigan el hábito lector mediante planes
razonados de “lecturas razonables”, pues sólo a través de la frecuentación en el
aula y fuera de ella se consigue que el alumnado se habitúe a la lectura. No
puede olvidarse que la lectura no sólo es una técnica que se aprende en los
primeros años, sino una actitud, un comportamiento para superar el
neoalfabetismo de quienes están atrapados por la pereza lectora que instaura la
tiranía de lo audiovisual. Nacemos ágrafos y no lectores, y necesitamos por ello de la frecuentación para adquirir el hábito. Y este hábito sólo se logra, en el
ámbito educativo, por medio de la creación de planes lectores.
3. La Literatura Juvenil es necesaria para formar cualquier corpus de libros
aptos para jóvenes. Un plan lector debe estar basado, esencialmente, en lecturas
asequibles para un alumnado con heterogéneos niveles de comprensión lectora
(NCL). Y en este panorama, un plan lector para Secundaria, para jóvenes de
entre 12 y 17 años, debe estar basado, fundamentalmente, en libros de
Literatura Juvenil (LJ).
Definición de la LJ
Desde una perspectiva fundamentalmente educativa y literaria, la Literatura
Juvenil que defendemos sería aquélla que:
1. Posee un léxico adecuado a la competencia lectora de los alumnos, y
permite un progresivo perfeccionamiento verbal. Dado que la magnitud de la
ignorancia léxica del alumnado es, por lo general, considerable, conviene que los
libros elegidos en cada curso posean dispar grado de complejidad. En este
sentido, es pertinente recordar que debe existir un grado de connivencia e
idoneidad entre el libro y el hipotético lector, pues los alumnos tienen diferentes
niveles de competencia lectora y gustos temáticos también heterogéneos. La
Literatura Juvenil, entendida como ese acervo de lecturas más próximas e
inteligibles para el lector adolescente, permite, de manera más sencilla, el
progresivo fortalecimiento del hábito lector.
2. Esta LJ ha de ser una literatura experiencial (una educación literaria
más que una enseñanza de la literatura), en el sentido de que este tipo de
literatura influye en la vida de los alumnos al mostrar conflictos propios de la
juventud. Este carácter experiencial de la LJ coincide con la opinión de Gabriel
Janer, para quien la LJ no lo es tanto porque habla del mundo de los jóvenes,
como por el hecho de que esos textos aglutinados bajo el marchamo de
“narrativa apta para jóvenes” hablan directamente a los jóvenes, hasta lograr
una posible identificación entre ciertos personajes y los hipotéticos lectores
(1995:70). En esta misma idea insiste, desde hace ya muchos años, Francisco Cubells:
“Podríamos, por tanto, caracterizar como juvenil no aquella literatura que leen
los jóvenes o adolescentes o que se quisiera que leyesen, sino la que aborda
problemas específicamente juveniles o también de la adolescencia, dada la
prolongación que actualmente se da en esta etapa bisagra de la vida” (1989:16).
De ahí que la LJ que defendemos sea un corpus de obras adecuadas a un
estadio transitorio de la vida de los adolescentes, con un grado “aceptable” de
dificultad léxica, con una sencilla complejidad temática y un nivel creciente de
dificultad estilística y narrativa.
3. Ha de propiciar, asimismo, un diálogo inteligente entre el lector y el libro, de
modo que coadyuve a la formación del pensamiento crítico y estético de
los alumnos; quiere esto decir que es lícitamente pedagógico proponer
inocuas actividades después de la lectura, planteadas, por supuesto, sin un afán
exhaustivo y controlador, y basadas fundamentalmente en la comprobación del
nivel de comprensión lectora que los alumnos han logrado. Se trataría de unir
una lectura lúdica y una lectura didáctica.
4. La LJ debe huir tanto de la moralina con la que ha estado atenazada
durante años, como de los libros por encargo en que se desarrollan los temas
transversales, pues toda literatura debe crear mundos estéticos y autónomos de
significado, que surjan de la necesidad interior del escritor. Este difícil
equilibrio lo razona certeramente Emili Teixidor (2002:24) cuando afirma que
la LJ ha de huir de la disyuntiva de la “literatura de valores o el valor de la
literatura”, pues en la Literatura Juvenil caben todos los temas siempre que
sean tratados con verdad y sin crudeza, y siempre, obvio es decirlo, que esté
escrita con rigor y calidad.
Más explícita resulta la alusión de Marc Soriano, para quien la LJ sigue
condicionada por una serie de tabúes, entre los que destacan: la ausencia del
tratamiento de la sexualidad, la imposibilidad de formular una crítica a la
religión dominante o al hecho religioso en su conjunto, la carencia de escenas
alusivas a la excesiva autoridad familiar o al predominio de familias
desestructuradas, el deseo de preservar la infancia como si fuera un paraíso
ajeno a la realidad cambiante... Todo ello le lleva a afirmar que “la literatura infantil, mucho más que la adulta, avanza a pasos sumamente prudentes, como
si estuviese pisando huevos” (1995:676). Debemos precisar que esta crítica a la
literatura infantil habría que extenderla a la Literatura Juvenil, en la medida en
que la presencia de algunos de los temas anteriormente aludidos como tabúes
son tratados también de un modo superficial en la LJ, al ser considerados
modelos estereotipados sin ningún rasgo trasgresor.
Por otra parte, la Literatura Juvenil ha de proponer, según Ballaz
(1999:21), una escritura de obras cada vez más polisémicas, alejadas de los
tabúes temáticos que la constriñen y la barnizan con una pátina ejemplarizante.
A esta libertad temática se refiere también José María Merino, cuando afirma:
“cargar la enseñanza de la literatura con elementos de formación moral y cívica
es olvidar que buena parte de la historia de la literatura está constituida por
textos subversivos de los valores de su época” (1994:25).
Asimismo, desde el punto vista formal, se aboga por una literatura no tan
lineal, pero sí fragmentaria y ágil.
5. La LJ es un nuevo género de reciente creación, como lo ha sido también la
escolarización obligatoria que ha favorecido en parte el desarrollo de la LJ. En
estas circunstancias, se ha hecho necesaria una literatura juvenil entendida,
según Jaime García Padrino, como una “literatura de transición” para el
marco educativo de la adolescencia, y no una “literatura sustitutiva” de la
clásica. A muchos libros de esta Literatura Juvenil Daniel Cassany los considera
“libros anzuelo”, porque su objetivo inicial es “pescar lectores”, para conseguir
progresivamente “lectores formados y críticos” (1994:508).
6. Los destinatarios naturales de este tipo de literatura son los alumnos
de Secundaria, aunque la distribución temporal de los cursos académicos no
siempre coincide con la madurez psicológica de los alumnos. De ahí que, si
tenemos en cuenta la división de los estadios evolutivos de la lectura a los que se
refiere Pedro C. Cerrillo, no se debiera identificar la Literatura Juvenil con todos
los cursos de la Secundaria, sino más bien con los del 2º ciclo, porque los
alumnos del primer ciclo son preadolescentes, que bien pudieran nutrirse, a
juicio del citado profesor, de otros libros que pertenecen a la denominada literatura infantil. En cualquier caso, la LJ que postulamos se corresponde
perfectamente con la actual organización de la Educación Secundaria.
7. Alejada de la moralina y de los temas transversales que aparecen en las
“novelas de encargo”, la Literatura Juvenil puede convertirse en un
instrumento para la formación de los jóvenes en el uso y conocimiento de
las competencias lingüísticas básicas (Amando López y E. Encabo, 2001:85):
esto es, a través de la LJ los alumnos podrán mejorar la competencia
comunicativa y la competencia literaria, es decir, la escritura y la lectura
creativas. De este modo, la LJ, que requiere precisamente una lectura
creativa, se convierte en una herramienta transversal que facilita el acceso al
conocimiento del currículum de Secundaria, al ejercitar la comprensión lectora
y favorecer la competencia comunicativa y literaria (Amando López y E. Encabo,
2001:81).
8. La LJ no debe renunciar a la calidad literaria como rasgo fundamental e
intrínseco a su esencia, ni atender tampoco a la confusión ni al servilismo fugaz
de la moda que provoca un mercado tan amplio de publicaciones.
9. Una de las características de esta literatura es su condición de invisible.
A pesar del cada vez mayor número de publicaciones y lectores, la existencia de
una jerarquización elitista (E. Teixidor, 2002a:27) en la crítica literaria actual y
cierta desatención informativa lleva a considerar la LJ como un subgénero. Se
diría que, por lo común, no existe una hermenéutica rigurosa por parte de la
Universidad ni de revistas especializadas, sino más bien una crítica orientadora,
livianas recensiones que influyen en los docentes y discentes, sin profundizar
en sus logros literarios.
10. Eliacer Cansino (2002:34-36) afirma que más que describir las cualidades
de la actual LJ, es conveniente reparar en los tres aspectos que a su juicio
lastran y dificultan la configuración de este tipo de novelas como un género
específico y solvente, con un destinatario concreto, pero de un espectro cada vez
más amplio. Para este autor sevillano, la novela juvenil actual adolece de
monotonía (“no posee ningún carácter de singularidad, y, por tanto, su producción es clónica, monótona y prescindible”); asimismo, es una literatura
que abunda en la banalidad temática (“que no exige ningún esfuerzo, en la que
el lenguaje pierde sus matices y en la que se prefiere escribir con el propio argot
del joven no por una indagación sociológica, sino por hacerla más fácil”); y, por
último, parece que los textos no surgen de una necesidad interior del escritor,
son novelas “vacías”, sin experiencia interior (“mucha literatura actual no está
gestada suficientemente, se entrega abortada, expulsada o es sietemesina”).
Ante este severo juicio, la calidad literaria de su obra El misterio Velázquez es
suficiente principio de autoridad para justificar la crítica que este autor realiza
de cierta Literatura Juvenil.
Después de haber expuesto algunos rasgos que definen la LJ, no queda más
opción que reivindicar la validez didáctica, literaria, estética y formativa de este
tipo de “literatura apta para la adolescencia”, pues se trata de un género que
posee una entidad per se, sin entrar a valorar ciertas afirmaciones tendentes a
desprestigiarla. La Literatura Juvenil que defendemos surge de la íntima
necesidad expresiva de un autor, que tiene presente cuáles son sus primeros
destinatarios lectores (el alumnado de Secundaria) y que es consciente de que su
obra puede ser un texto de transición hacia otro tipo de literatura, pero que, al
mismo tiempo, lo dota de un valor literario más allá del estricto ámbito
educativo, y garantiza, por tanto, el placer estético de los lectores adultos.
[Publicado en la revista CLIJ, nº161, Barcelona, 2003, pp. 28-36]
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