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INSTITUCION EDUCATIVA OCTAVIO
HARRY-JACQUELINE KENNEDY
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Guía de aprendizaje por núcleos temáticos |
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Docente: |
Catalina Sossa Blandón |
Período: |
2° |
Año: |
2020 |
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Grado: |
10° |
Áreas por Núcleos Temáticos: |
Español – Plan lector |
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Objetivos de grado por núcleo
temático: |
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1. Reconocer los aspectos formales y conceptuales del lenguaje como posibilidad para explicar, argumentar, clasificar, comparar e interpretar discursos literarios, científicos, técnicos y cotidianos que lo acercan a una visión incluyente de sus realidades. |
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Competencias: |
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1.Interpretar 2.Argumentar 3.Proponer |
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Indicadores de desempeño: |
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1. Determina las principales características de los
textos literarios que lee y los relaciona con expresiones artísticas. 2. Evalúa la progresión temática, tono, estilo y
vocabulario presentes en las intervenciones propias y en las de los otros. 3.
Deduce referentes sociales, culturales o ideológicos presentes en las voces
que hablan en el texto y argumenta su posición al respecto. |
1. Introducción:
EL
SIGLO DE ORO ESPAÑOL
A partir de la culminación de la
Reconquista de la península ibérica por parte de los Reyes
Católicos y coincidiendo con el descubrimiento de
América (1492), se inició en España una época de auge que
corresponde a su apogeo imperial y artístico, ésta época se prolongó en el
tiempo hasta darla por terminada en 1681, fecha en la que falleció Calderón de la Barca, a esta época de
esplendor en las ciencias, política y en el arte se la conoce con la
denominación de El Siglo de Oro Español.
Si hay una innovación tecnológica,
que impulsó el desarrollo de la cultura en este periodo, es sin duda, «La Imprenta». La aparición
de la imprenta, permitió la difusión a gran escala de las obras
literarias, así como la divulgación y generalización del uso de las lenguas
«Vulgares», poniendo al alcance de las poblaciones no solamente el gran caudal
de obras de nueva creación, sino también el enorme volumen de
obras clásica, tanto del arte literario como del pensamiento filosófico y
político, así como el conocimiento de la Historia.
PERIODOS DEL SIGLO DE ORO
Se considera que el Siglo de Oro abarca dos períodos estéticos
distintos:
- El
renacimiento español. Tiene lugar en el siglo
XVI durante el reinado de los reyes católicos Carlos I y Felipe II,
signada por una interpretación muy particular de las influencias italianas
renacentistas en confluencia con formas estéticas propiamente ibéricas,
como las fruto del sincretismo con los moros.
El pensamiento propio del
Renacimiento se configura a partir de dos aspectos básicos: - El florecimiento
del humanismo, - la adopción de la cultura clásica como modelo. Se suele
considerar el Renacimiento como un movimiento nacido en ciudades-estado
italianas que pretendían convertirse en repúblicas a la manera clásica. El
humanista a través de un conocimiento muy preciso de la filología es capaz de
difundir los textos clásicos. La retórica se hace imprescindible como método de
persuasión
- El
barroco hispano. Tiene lugar en el siglo XVII
durante el reinado de los reyes católicos Felipe III, Felipe IV y Carlos
II, y presenta una verdadera explosión de las artes plásticas y
la literatura en un estilo propio de abundancia de formas y
temáticas sociales atrevidas.
El rasgo esencial de la
mentalidad barroca es la desconfianza en si misma (se refleja en el miedo a
decaer socialmente). Temas como el desengaño o la vida como sueño. Pero al
mismo tiempo una sociedad amante de las fiestas y del lujo. Otro tema es el
honor. El barroco en España fue un periodo de conservadurismo y de cautela en
la libertad de expresión. El rasgo esencial de la estética vital renacentista
es la naturalidad, en cambio del Barroco es el artificio.
Literatura
en el siglo de oro
En este período, en España, se
produjo un boom literario de irrepetible calidad, los escritores españoles, tanto novelistas, como poetas o dramaturgos
escribieron obras que traspasaron la lengua y las fronteras españolas,
situándolos junto a la Inglaterra de Shakespeare a la vanguardia literaria
mundial.
El Siglo de Oro se caracterizó en la literatura, por una tendencia a la vulgarización de los saberes
humanísticos, lo cual potenció los géneros de la sátira y la
comedia popular, que tuvo su correspondencia en la novela
picaresca y, sobre todo, en la novela polifónica cuya semilla representa
el Quijote de Cervantes.
La figura más relevante de todo el
siglo XVII es, sin duda, Miguel de Cervantes. El autor de la que con frecuencia se señala
como la primera novela moderna, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605), siempre
quiso sobresalir como poeta y dramaturgo, pero consiguió la fama inmortal
gracias a la prosa. Partiendo de una sátira de los libros de caballería,
Cervantes se embarca en una crítica social y una exploración de la naturaleza
humana en la que retrata el choque entre idealismo y realidad, y en la que
exhibe su dominio del diálogo a través de las conversaciones entre don Quijote
y Sancho.
2. Comprensión lectura:
Lee el
capítulo VIII, del libro: El ingenioso
hidalgo don Quijote de la Mancha
Capítulo octavo
Del buen
suceso que el valeroso Don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada
aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice
recordación
En
esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo,
y así como Don Quijote los vió, dijo a su escudero: la ventura va guiando
nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo
Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con
quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos
comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios
quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo
Sancho Panza.
Aquellos
que allí ves, respondió su amo, de los brazos largos, que los suelen tener
algunos de casi dos leguas. Mire vuestra merced, respondió Sancho, que aquellos
que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos
parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra
del molino. Bien parece, respondió Don Quijote, que no estás cursado en esto de
las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en
oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual
batalla. Y diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a
las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna
eran molinos de viento, y no gigantes aquellos que iba a acometer. Pero él iba
tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni
echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran; antes iba diciendo en
voces altas: non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es
el que os acomete. Levantóse en esto un poco de viento y las grandes aspas
comenzaron a moverse, lo cual visto por Don Quijote, dijo: pues aunque mováis
más brazos que los del gigante Briareo, me lo habéis de pagar.
Y
en diciendo esto, y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea,
pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la
lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el
primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió
el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al
caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo. Acudió
Sancho Panza a socorrerle a todo el correr de su asno, y cuando llegó, halló
que no se podía menear, tal fue el golpe que dio con él Rocinante. ¡Válame
Dios! dijo Sancho; ¿no le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que
hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los podía ignorar sino quien llevase
otros tales en la cabeza? Calla, amigo Sancho, respondió Don Quijote, que las
cosas de la guerra, más que otras, están sujetas a continua mudanza, cuanto más
que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón, que me robó el
aposento y los libros, ha vuelto estos gigantes en molinos por quitarme la
gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas al cabo al cabo
han de poder poco sus malas artes contra la voluntad de mi espada. Dios lo haga
como puede, respondió Sancho Panza. Y ayudándole a levantar, tornó a subir
sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y hablando en la pasada aventura,
siguieron el camino del puerto Lápice, porque allí decía Don Quijote que no era
posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy
pasajero; sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza y diciéndoselo
a su escudero, dijo: yo me acuerdo haber leído que un caballero español,
llamado Diego Pérez de Vargas, habiéndosele en una batalla roto la espada,
desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel
día, y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así él,
como sus descendientes, se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y
Machuca. Hete dicho esto, porque de la primera encina o roble que se me depare,
pienso desgajar otro tronco tal y bueno como aquel, que me imagino y pienso
hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber
merecido venir a verlas, y aser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.
A la mano de Dios, dijo Sancho, yo lo creo todo así como vuestra merced lo
dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser
del molimiento de la caída. Así es la verdad, respondió Don Quijote; y si no me
quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de
herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella. Si eso es así, no tengo
yo que replicar, respondió Sancho; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra
merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir, que me he de
quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los
escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No
se dejó de reír Don Quijote de la simplicidad de su escudero; y así le declaró
que podía muy bien quejarse, como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que
hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería.
Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondióle su amo que por
entonces no le hacía menester; que comiese él cuando se le antojase. Con esta
licencia se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento, y sacando de las
alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su
amo muy despacio, y de cuando en cuando empinaba la bota con tanto gusto, que
le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga. Y en tanto que él iba
de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que
su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso,
andar buscando las aventuras por peligrosas que fuesen. En resolución, aquella
noche la pasaron entre unos árboles, y del uno de ellos desgajó Don Quijote un
ramo seco, que casi le podía servir de lanza, y puso en él el hierro que quitó
de la que se le había quebrado. Toda aquella noche no durmió Don Quijote,
pensando en su señora Dulcinea, por acomodarse a lo que había leído en sus
libros, cuando los caballeros pasaban sin dormir muchas noches en las florestas
y despoblados, entretenidos en las memorias de sus señoras.
No
la pasó así Sancho Panza, que como tenía el estómago lleno, y no de agua de
chicoria, de un sueño se la llevó toda, y no fueran parte para despertarle, si
su amo no le llamara, los rayos del sol que le daban en el rostro, ni el canto
de las aves, que muchas y muy regocijadamente la venida del nuevo día
saludaban. Al levantarse dio un tiento a la bota, y hallóla algo más flaca que
la noche antes, y afligiósele el corazón por parecerle que no llevaban camino
de remediar tan presto su falta. No quiso desayunarse Don Quijote porque como
está dicho, dio en sustentarse de sabrosas memorias.
Tornaron
a su comenzado camino del puerto Lápice, y a hora de las tres del día le
descubrieron. Aquí, dijo en viéndole Don Quijote, podemos, hermano Sancho
Panza, meter las manos hasta los codos en esto que llaman aventuras, mas
advierte que, aunque me veas en los mayores peligros del mundo, no has de poner
mano a tu espada para defenderme, si ya no vieres que los que me ofenden es
canalla y gente baja, que en tal caso bien puedes ayudarme; pero si fueren
caballeros, en ninguna manera te es lícito ni concedido por las leyes de
caballería que me ayudes, hasta que seas armado caballero. Por cierto, señor,
respondió Sancho, que vuestra merced será muy bien obedecido en esto, y más que
yo de mío me soy pacífico y enemigo de meterme en ruidos y pendencias; bien es
verdad que en lo que tocare a defender mi persona no tendré mucha cuenta con
esas leyes, pues las divinas y humanas permiten que cada uno se defienda de
quien quisiere agraviarle. No digo yo menos, respondió Don Quijote; pero en
esto de ayudarme contra caballeros, has de tener a raya tus naturales ímpetus.
Digo que sí lo haré, respondió Sancho, y que guardaré ese precepto tan bien
como el día del domingo. Estando en estas razones, asomaron por el camino dos
frailes de la orden de San Benito, caballeros sobre dos dromedarios, que no
eran más pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus anteojos de camino y sus
quitasoles. Detrás de ellos venía un coche con cuatro o cinco de a caballo que
les acompañaban, y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se
supo, una señora vizcaína que ia a Sevilla, donde estaba su marido que pasaba a
las Indias con muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban
el mismo camino; mas apenas los divisó Don Quijote, cuando dijo a su escudero:
o yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto,
porque aquellos bultos negros que allí parecen, deben ser, y son sin duda, algunos
encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester
deshacer este tuerto a todo mi poderío. Peor será esto que los molinos de
viento, dijo Sancho. Mire señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el
coche debe de ser de alguna gente pasajera: mire que digo que mire bien lo que
hace, no sea el diablo que le engañe. Ya te he dicho, Sancho, respondió Don
Quijote, que sabes poco de achaques de aventuras: lo que yo digo es verdad, y
ahora lo verás. Y diciendo esto se adelantó, y se puso en la mitad del camino
por donde los frailes venían, y en llegando tan cerca que a él le pareció que
le podían oír lo que dijese, en alta voz dijo: gente endiablada y descomunal,
dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas, si
no, aparejáos a recibir presta muerte por justo castigo de vuestras malas
obras.
Detuvieron
los frailes las riendas, y quedaron admirados, así de la figura de Don Quijote,
como de sus razones; a las cuales respondieron: señor caballero, nosotros no
somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito, que vamos
a nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forzadas
princesas. Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco,
fementida canalla, dijo Don Quijote. Y sin esperar más respuesta, picó a
Rocinante, y la lanza baja arremetió contra el primer fraile con tanta furia y
denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula, él le hiciera venir al
suelo mal de su grado, y aun mal ferido si no cayera muerto. El segundo
religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al
castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña más ligero
que el mismo viento. Sancho Panza que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente
de su asno, arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto
dos mozos de los frailes, y preguntáronle que por qué le desnudaba.
Respondióles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de
la batalla que su señor Don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de
burla, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya Don Quijote
estaba desviado de allí, hablando con las que en el coche venían, arremetieron
con Sancho, y dieron con él en el suelo; y sin dejarle pelo en las barbas le
molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo sin aliento ni sentido: y sin
detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin
color en el rostro y cuando se vio a caballo picó tras su compañero, que un
buen espacio de allí le estaba aguardando, y esperando en qué paraba aquel
sobresalto; y sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso,
siguieron su camino haciéndose más cruces que si llevaran el diablo a las
espaldas. Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del
coche, diciéndole: la vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona
lo que más le viniera en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores
yace por el suelo derribada por este mi fuerte brazo; y porque no penéis por
saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo Don Quijote de la
Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña
Dulcinea del Toboso; y en pago del beneficio que de mí habéis recibido o quiero
otra cosa sino que volváis al Toboso, y que de mi parte os presentéis ante esta
señora, y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho. Todo esto que Don
Quijote decía, escuchaba un escudero de los que el coche acompañaban, que era
vizcaíno; el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche adelante, sino que
decía que luego había de dar la vuelta al Toboso, se fue para Don Quijote, y
asiéndole de la lanza le dijo en mala lengua castellana, y peor vizcaína, de
esta manera: anda, caballero, que mal andes; por el Dios que crióme, que si no
dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno. Entendióle muy bien Don
Quijote, y con mucho sosiego le respondió: si fueras caballero, como no lo
eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura. A lo
cual replicó el vizcaíno: ¿yo no caballero? juro a Dios tan mientes como
cristiano; si lanza arrojas y espada sacas, el agua cuán presto verás que el
gato llevas; vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo; y
mientes, que mira si otra dices cosa. Ahora lo veredes, dijo Agraves, respondió
Don Quijote; y arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su
rodela, y arremetió al vizcaíno con determinación de quitarle la vida.
El
vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que por ser
de las malas de alquiler, no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa
sino sacar su espada; pero avínole bien que se halló junto al coche, de donde
pudo tomar una almohada que le sirvió de escudo, y luego fueron el uno para el
otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en
paz; mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones, que si
no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda
la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo
que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se
puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno
una gran cuchillada a Don Quijote encima de un hombro por encima de la rodela,
que a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió
la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz, diciendo: ¡oh señora
de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero,
que por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se halla!
El decir esto, y el apretar la espada, y el cubrirse bien de su rodela, y el
arremeter al vizcaíno, todo fue en un tiempo, llevando determinación de
aventurarlo todo a la de un solo golpe. El vizcaíno, que así le vio venir
contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó hacer lo mismo
que Don Quijote: y así le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder
rodear la mula a una ni a otra parte, que ya de puro cansada, y no hecha a
semejantes niñerías, no podía dar un paso. Venía, pues, como se ha dicho, Don
Quijote contra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con determinación de
abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba asimismo, levantada la espada y
aforrado con su almohada, y todos los circunstantes estaban temerosos y
colgados de lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se
amenazaban, y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo
mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción de España,
porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que
se hallaban. Pero está el daño de todo esto, que en este punto y término deja
el autor de esta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito
destas hazañas de Don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el
segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese
entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los
ingenios de la Mancha que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios
algunos papeles que de este famoso caballero tratasen; y así, con esta
imaginación, no se desesperó de hallar el fin de esta apacible historia, el
cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en el
siguiente capítulo.
Contesta las siguientes preguntas,
o completa la idea, eligiendo en cada caso la respuesta más apropiada.
1. ¿Cuál de las siguientes
aseveraciones es falsa?
a. Don Quijote ve gigantes donde
Sancho Panza ve molinos de viento.
b. Don Quijote se encomienda a su
dama antes de embestir contra los molinos de viento.
c. Sancho Panza advierte a don
Quijote que no hay gigantes alrededor.
d. Después de su desafortunada
embestida contra los molinos, don Quijote admite que los gigantes no existen.
2. El episodio de los frailes de
San Benito incluye todos los elementos siguientes MENOS el hecho de que Sancho
____.
a. desde el primer momento se da
cuenta de que no existe relación entre los frailes y el coche que les sigue por
atrás
b. termina molido por los mozos de
los frailes
c. se arremete él mismo a uno de
los frailes
d. inocentemente viola las leyes
de la caballería andante queriendo llevarse los hábitos del fraile
3. ¿Qué le pide don Quijote a la
señora del coche después del incidente con los frailes?
a. Que como muestra de
agradecimiento se dirija al Toboso para contarle a Dulcinea lo que hizo don
Quijote por librarla.
b. Que le pague sus honorarios por
salvarla de los truhanes que la habían secuestrado.
c. Que le haga el favor de curarle
las heridas ocasionadas por la daga del mozo vizcaíno.
d. Que le haga un lugar en su
coche porque su caballo está herido.
3. Actividades de profundización:
Actividades
1. Toma nota en tu cuaderno, de la teoría y el video
presentado sobre el siglo de oro.
2. Elabora un cuadro comparativo, entre el Barroco
y el renacimiento, teniendo en cuenta sus características, elementos y autores.
3. Busca canciones actuales y escribe un fragmento
de ellas, en el que veas reflejado los siguientes temas:
·
El desprecio por la política.
·
El amor a escondidas.
·
Un amor predestinado – amor obligado.
·
La locura.
·
El país en crisis.
Recuerda escribir el nombre de la canción y su
autor.
4. Realiza una historieta del capítulo VIII, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
5. Como pudiste observar, una de las
características de la literatura del siglo de oro es burlarse de su propia
realidad, crea un meme o una caricatura, donde muestres tu realidad o la de
nuestra sociedad de una forma burlesca.

Profesora buenas tardes para cuando se debe entregar esta actividad ?
ResponderBorrarsoy juan pablo lopera
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